Tengo que admitir que amo el tomate, que no me gusta el brócoli, que prefiero la Pepsi que la Coca-Cola, que odio el apio con todas las fuerzas de mi paladar, que me gusta más la “cebolla de huevo” que la de rama, que no veo por un ojo, que detesto el reggetón, que camino torcido y que no veo novelas. Para mi fortuna, no me han rechazado en ningún grupo, cuento con la aprobación de mis padres, y si me da la gana de ingresar a una iglesia (cosa tan probable como que empiece a amar el apio) probablemente me reciban dichosamente como una oveja que vuelve al rebaño.
Pero hay muchas personas que no cuentan con mi suerte; personas que disfrutan de la compañía de otra de su mismo sexo, así como yo disfruto el tomate o de la Pepsi, que son excluidas, rechazadas, incluso hasta odiadas. Por casualidades de la vida yo terminé decidiendo por la cebolla redonda, por casualidades de la vida ellos decidieron ser homosexuales.
Puede que mi comparación sea superficial, que el tema sea más profundo, pero en mi concepto es totalmente válida.
Creo con toda firmeza que cualquiera de nosotros tiene el derecho de buscar la felicidad de la manera que le plazca, sin pasar por encima de otros, claro está.
La Constitución de 1991 incluye como derecho fundamental del ciudadano colombiano el libre desarrollo de la personalidad, la libertad de conciencia, la igualdad, la honra y el buen nombre. Es triste decir que éstos derechos no son respetados en su totalidad por nosotros mismos. No puedo contar en las manos las veces que he visto cómo “chiflan” en la calle a una persona homosexual, las veces que he oído salir de una boca cualquiera la expresión “yo no respeto eso”, las veces que he notado miradas expiatorias en contra de alguien gay.
Defiendo el derecho que tienen las personas de un mismo sexo de amarse y estar juntas, de compartir su vida y sus bienes. Incluso, aunque muchos lo consideren una aberración (cómo lo he notado en lecturas previas a la realización de este artículo), considero que el amor entre homosexuales es de los amores más valiosos y puros que hay, pues tiene que luchar contra obstáculos tan firmes cómo el odio y el rencor que produce en mentes cuadriculadas.
Ahora, otra cosa es la adopción por parejas del mismo género. Es un poco más complicado que la posibilidad de casarse. No estoy diciendo que no tengan el derecho, indiscutiblemente lo tienen, pero en una sociedad como la colombiana, religiosa, “chapada a la antigua”, de mente cerrada casi que con doble chapa, la adopción por parte de homosexuales es una abominación, un sacrilegio, una herejía, un pecado mortal. En mi concepto, Colombia no está lista para asumir tal posibilidad, haría falta que nos insertaran un chip “acepta-homosexuales” en la cabeza. Requeriría un cambio cultural, romper con el paradigma histórico de la familia conformada únicamente por hombre y mujer como pareja, y eso es casi que imposible. Para esto sería necesario un trabajo pedagógico, en el hogar y en la escuela, para que las personas, desde temprana edad, aprendan a ser comprensivos con la diferencia, y a apreciarla como pilar de una sociedad tolerante, justa y responsable. No quisiera imaginarme cómo la pasaría un hijo de padre y padre (o madre y madre) en el colegio hoy día, no sería muy agradable. Ojalá algún día podamos entender que hay personas diferentes a nosotros, que no aman el vallenato, que no les gustan las marranadas, que no disfrutan del sancocho, que les encanta la música clásica, o que prefieren el amor de una persona de su mismo sexo.
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